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El rastro se había secado como el polvo sin que la policía o el FBI descubrieran su escondite ni lo que podía tramar a continuación. Las pistas indicaban que se había dirigido hacia el este: El nombre del asesino, que tal vez fuera real o tal vez un alias, era Richard Logan.

Había matado a alguien en Arizona para conseguir acceso a ciertos datos y hacerse con documentación militar, se había reunido con sus contactos en Texas y había recibido un adelanto de su tarifa en cierta parada de camiones de la Costa Este.

El dinero que se obtenía con la venta de dichos medicamentos se dedicaba después a la compra de armas. El reverendo Samuel G. Mediante un intercambio de llamadas vía satélite y correos electrónicos cifrados que había abarcado varios continentes, Rhy me y la inspectora Longhurst, de la Policía Metropolitana, habían ideado una trampa para atrapar al asesino.

Digno de las tramas que el propio Logan elaboraba con toda precisión, el plan exigía la participación de varios dobles y la ayuda esencial de un legendario extraficante de armas sudafricano con una amplia red de curtidos confidentes. Danny Krueger había ganado cientos de miles de dólares vendiendo armas con la eficacia y el desapasionamiento con que otros empresarios vendían aparatos de aire acondicionado o jarabe para la tos, pero un viaje que había hecho el año anterior a Darfur, donde había podido ver con sus propios ojos la carnicería que causaban sus juguetes, le había impresionado hondamente.

Había dejado el negocio de las armas en el acto y se había afincado en Inglaterra. Ni siquiera sabían en qué región de Inglaterra se había escondido Logan para planear su atentado, pero Danny Krueger, siempre tan extrovertido, había oído decir que ejecutaría el golpe en los días siguientes. El edificio contaba con un patio abierto, un campo de tiro perfecto para que el asesino matara a Goodlight de un disparo. Pero era también el lugar ideal para localizar y abatir a Logan.

El dispositivo de vigilancia estaba en marcha y numerosos policías armados y miembros del MI5 y del FBI montaban guardia veinticuatro horas al día. Rhy me se hallaba ahora sentado en su silla de ruedas eléctrica de color rojo, en la planta baja de su casa de Central Park West.

La habitación no era ya el lindo salón victoriano que había sido en tiempos, sino un laboratorio forense bien. El teléfono funciona, verdad? Hay alguna razón para que no funcione? Puede que se hay an sobrecargado los circuitos.

O que hay a caído un rayo en el tendido telefónico. Pueden pasar mil cosas. Sólo por si acaso. Lincoln Rhyme era tetrapléjico: Los altavoces dejaron oír el ruido de la línea al marcar, seguido por un bip, bip, bip.

Por qué no había llamado la inspectora Longhurst? Thom colocó una taza en el soporte de su silla de ruedas y el criminalista bebió un sorbo del café fuerte a través de una pajita. Miró la botella de whisky Glemmorangie de dieciocho años que había en una estantería: Estas no son horas, ni siquiera es mediodía comentó Thom.

Es sólo que Había estado esperando una excusa para reprender al joven por aquel asunto. Creo recordar que anoche me lo retiraste muy temprano. Sólo tomé dos vasitos. La mezquindad, al igual que el licor, podía ser embriagadora a su modo. Pues no hay whisky por la mañana. Me ayuda a pensar con claridad. No, nada de eso. Eso tampoco es cierto.

Thom vestía una camisa perfectamente planchada, corbata y pantalones informales. Su ropa estaba menos arrugada que de costumbre: La silla podía incluso subir escalones de poca altura y correr a la velocidad de un atleta de mediana edad.

Te estoy diciendo que quiero un poco de whisky. He hecho explícito mi deseo. Rhyme arrugó el ceño y clavó de nuevo la mirada en el teléfono. Si se escapa Se interrumpió. Es que no vas a hacer lo que hace todo el mundo?

A qué te refieres, Lincoln? Thom, un joven delgado, llevaba años trabajando para Rhyme. El criminalista lo había despedido en varias ocasiones y él, a su vez, también se había despedido. Pero allí seguía, lo cual atestiguaba la perseverancia, o la perversidad, de los dos. Y se supone que yo me tranquilizo. Es lo que hace la gente, sabes?: Pero y o no lo he dicho. Estamos discutiendo por algo que no he dicho, pero que podría haber dicho?

No es como si una mujer se enfadara con su marido porque ha visto una chica guapa en la calle y ha pensado que él la habría mirado con interés si hubiera estado allí? No sé cómo es contestó Rhy me distraídamente, mientras seguía pensando en el plan para atrapar a Logan en Inglaterra. Hasta qué punto era seguro? Podía fiarse de que los confidentes no filtraban información que pudiera llegar a oídos del asesino? Sonó el teléfono y en el monitor de pantalla plana que había junto a Rhy me se abrió la ventana del identificador de llamadas.

A ocho kilómetros de allí, una voz masculló: Sigo sin noticias de Inglaterra. Logan se ha esfumado. Podría moverse en cualquier momento. Es como tener un bebé comentó Sellitto. No quiero tener la línea ocupada. Todos esos cacharros tan sofisticados y no tienes llamada en espera? Quería contarte una cosa. El jueves de la semana pasada hubo un robo con homicidio.

La víctima era Alice Sanderson, una mujer que vivía en el Village. El homicida la mató a puñaladas y le robó un cuadro. Hemos detenido al culpable. Por qué lo llamaba por eso? Un crimen corriente y un sospechoso detenido. Entonces, qué me importa a mí? El detective a cargo del caso recibió una llamada hace media hora.

Al grano, Lon, al grano. Rhyme estaba mirando la pizarra blanca que detallaba el plan para atrapar al asesino en Inglaterra. Era un plan muy complejo. Sellitto lo sacó de sus cavilaciones. Mira, lo siento, Linc, pero tengo que decírtelo: Es su primera detención. Se enfrenta a una pena de veinticinco años y el fiscal del distrito dice que es un caso clarísimo.

Sentada en el laboratorio, Judy Rhyme, macilenta y con las manos unidas, se esforzaba denodadamente por mirar a cualquier parte salvo a los ojos del criminalista. Había dos respuestas a su estado físico que enfurecían a Rhyme: Judy pertenecía a la primera categoría: Thom se estaba encargando de los cumplidos que a él siempre se le olvidaban.

Había ofrecido a Judy un café que permanecía intacto sobre la mesa, ante ella, como un objeto de atrezo. Rhy me había vuelto a mirar el whisky con expresión anhelante, pero su ayudante no le había hecho caso.

Se arriesgó a mirar a la cara al criminalista. Siento que no hayamos venido. No se refería a una visita de cortesía previa al accidente. Se refería a que no hubieran ido a verlo para mostrarle su simpatía después. En aquel entonces, después del accidente, Rhyme había estado aturdido por la medicación, por el trauma físico y por la lucha psicológica a brazo partido con lo inconcebible: No recordaba que ellos le hubieran mandado flores, pero estaba seguro de que se las había mandado la familia.

Se las había mandado un montón de gente. Una ojeada involuntaria, veloz como una centella, a sus piernas. La gente piensa que, si no puedes caminar, algo les pasa a tus piernas.

El problema es decirles lo que tienen que hacer. Tienes buen aspecto comentó Judy. Rhyme ignoraba si lo tenía o no. Nunca se lo planteaba. Y he oído que te has divorciado. Pero era una pregunta cínica y asintió con la cabeza para agradecerle su gesto. Qué es de Blaine? Vive en Long Island. No mantenemos mucho contacto. Es lo que suele ocurrir cuando no se tienen hijos.

Lo pasé muy bien aquella vez en Boston, cuando vinisteis a pasar un fin de semana largo. Una sonrisa que no lo era en realidad.

Un fin de semana en Nueva Inglaterra. Salir de compras, una excursión al sur, a Cape Cod, un pic-nic a la orilla del mar. Rhy me recordaba haber pensado en lo bonito que era aquello. Al ver las rocas verdes de la costa, se le habían agolpado las ideas en la cabeza y había decidido empezar una colección de algas procedentes de los alrededores de Nueva York para la base de datos del laboratorio de criminalística de la policía. Había pasado una semana recorriendo en coche la zona metropolitana, tomando muestras.

Y durante aquel viaje para ver a Arthur y Judy, Blaine y él no se habían peleado ni una sola vez. Hasta el tray ecto de vuelta a casa, con parada en un hotel de Connecticut, había sido agradable. Recordaba haber hecho el amor en la terraza trasera de su habitación, entre el olor embriagador de la madreselva.

Después de aquella visita, no había vuelto a ver a su primo en persona. Luego había sobrevenido el accidente, y después silencio. Arthur pareció desaparecer de la faz de la Tierra. Judy se rio, avergonzada. Sabes que nos mudamos a Nueva Jersey? Él enseñaba en Princeton. Era profesor adjunto e investigador. Decidieron no ofrecerle un contrato de profesor titular, Art dice que por motivos políticos.

Ya sabes cómo son esas cosas en las universidades. Cuando estaban en el instituto, Arthur y Lincoln debatían acerca de las ventajas de dedicarse a la investigación y a la enseñanza universitaria o al sector privado.

No le sorprendió que Art hubiera optado por trabajar en la universidad. Podría haber seguido como profesor adjunto, pero renunció. Pensó que conseguiría otro puesto enseguida, pero no fue así.

Estuvo sin trabajo una temporada. Acabó en una empresa privada, de fabricación de instrumental médico. Se sonrojó como si hubiera cometido un desliz. No era el trabajo de sus sueños y no estaba muy contento. Estoy segura de que quería venir a verte, pero seguramente se avergonzaba porque no le hubiera ido del todo bien. Me acuerdo de Boston, de las historias que contasteis.

Estuvimos despiertos hasta las tantas, riendo. Cosas que no sabía de él. Y Henry, mi suegro, cuando vivía hablaba constantemente de ti. De hecho, recibí una carta suya unos días antes de que muriera. Rhyme tenía numerosos recuerdos indelebles de su tío, pero una imagen destacaba en especial: Le gustaba mucho su tío y solía ir a visitar a Art y a la familia, que vivía a unos cincuenta kilómetros de distancia, en Evanston, Illinois, a orillas del lago Michigan.

Rhy me, sin embargo, no estaba de humor para la nostalgia y sintió alivio al oír que se abría la puerta y que sonaban siete pasos firmes entre el umbral y la alfombra. Supo quién era por los andares. Un momento después entró en el laboratorio una pelirroja alta y delgada, vestida con vaqueros y camiseta negra debajo de una blusa de color burdeos.

Llevaba la blusa suelta y en lo alto de la cadera se veía el extremo de una pistola Glock negra. Mientras Amelia Sachs sonreía y le daba un beso en la boca, el criminalista advirtió de soslayo que el gesto de Judy cambiaba. El mensaje era claro y. Sachs escuchó con preocupación la historia de la detención de Arthur Rhyme y preguntó cómo estaba sobrellevando Judy la situación. Rhyme cayó entonces en la cuenta de que, mientras reparaba en el desliz de Judy, él mismo había cometido uno al olvidar preguntarle por su hijo, de cuy o nombre no se acordaba.

Resultó que la familia había aumentado. Henry, que tiene nueve años. Y una niña, Meadow, que tiene seis. Judy se rio, azorada. Pero no tiene nada que ver con Los Soprano. Nació antes de que la viera. Judy rompió el breve silencio: Pero primero tengo que decirte que Art no sabe que estoy aquí. De hecho, si te digo la verdad, a mí tampoco se me había ocurrido.

Estoy tan angustiada y duermo tan poco que me cuesta pensar con claridad. Pero hace un par de días estaba hablando con Art en el centro de detención y me dijo: Esto tiene que ser un caso de confusión de identidad o algo así.

Rhyme asintió con una inclinación de cabeza. Rhyme se imaginaba qué tal sentaría aquello en la Casa Grande. Como asesor forense del Departamento de Policía de Nueva York, su labor consistía en llegar a la verdad condujera esta adonde condujese, pero obviamente los jefes preferían que ayudara a condenar a los detenidos, no a exculparlos. He estado mirando tus recortes de prensa. Art guarda libros de recortes de la familia. Tiene recortados artículos sobre tus casos. Has hecho cosas increíbles.

Art decía que no se creía tu modestia ni por un segundo. Rhyme soltó una risa que pensó que sonaría sincera. Luego se puso serio. No sé qué podré hacer, pero cuéntame lo que ha pasado. Fue hace una semana, el jueves doce. Los jueves Art siempre sale temprano de trabajar. De camino a casa, corre un buen rato por un parque estatal. Rhyme se acordó de las muchas veces en que, siendo niños habían nacido con escasos meses de diferencia , corrían por las aceras o por los campos verde amarillentos que había cerca de sus casas del Medio Oeste.

Volaban los saltamontes y los mosquitos se les pegaban a la piel sudorosa cuando paraban a coger aliento. Art parecía siempre en mejor forma, pero Lincoln había conseguido entrar en el equipo de atletismo de su facultad. Su primo no había querido intentarlo. Dejó a un lado los recuerdos y se concentró en lo que estaba diciendo Judy. Salió del trabajo sobre las tres y media y se fue a correr. Llegó a casa como a las siete o siete y media. No estaba raro, se comportó como siempre: Le hicieron unas preguntas y registraron el coche.

Registraron la casa y se llevaron algunas cosas. Y luego volvieron para detenerlo. Le costó pronunciar la palabra. Qué había hecho, supuestamente? Dijeron que había matado a una mujer y que le había robado un cuadro raro. Para qué, si puede saberse?

Y matar a una mujer? Dios mío, Arthur no ha hecho daño a nadie en toda su vida. Es incapaz de algo así. Pues sí, lo han hecho. Y al parecer coincide con la de la víctima. A veces contestó Rhyme, y añadió para sus adentros: El caso es que sí, antes tenía uno del mismo pintor. Pero tuvo que venderlo cuando se quedó sin trabajo. Dónde encontraron el cuadro? No lo han encontrado. Y cómo saben que lo robaron? Coincidencias Tiene que ser eso, una extraña serie de coincidencias. Se le quebró la voz.

En una galería de arte a la que va a veces. Pero dice que nunca habló con ella, que él recuerde. Fijó los ojos en la pizarra blanca con el esquema del plan para capturar a Logan en Inglaterra. Rhyme se estaba acordando de otros momentos que había pasado con Arthur.

A la de tres. No has dicho tres! Rhyme dedujo que Sachs había adivinado algo en los ojos de la mujer. Es sólo que estoy angustiada. Por los niños, también. Para ellos es una pesadilla. Los vecinos nos tratan como a terroristas. Siento tener que insistir, pero es importante que conozcamos todos los datos. Había vuelto a sonrojarse y se agarraba con fuerza las rodillas.

Estaba especializada en lenguaje gestual. Rhyme opinaba que aquella disciplina ocupaba un lugar secundario dentro de las ciencias forenses, pero respetaba a Dance y tenía algunas nociones sobre su campo de estudio. No le costó deducir que Judy Rhyme rebosaba estrés.

Es sólo que la policía encontró otras pruebas Bueno, en realidad no eran pruebas. No lo había negado rotundamente, como en el caso del robo y el asesinato. Deseaba con toda su alma que no fuera cierto, pero seguramente había llegado a la misma conclusión a la que acababa de llegar él: Aun así, como esposa y madre que era, Judy pedía a gritos que la respuesta fuera no.

No sé qué estaba pasando, pero Art no mató a esa mujer. Lo sé de corazón Podéis hacer algo? Rhyme y Sachs se miraron. Lo siento, Judy, ahora mismo estamos en medio de un caso muy importante. Estamos a punto de atrapar a un asesino muy peligroso. No puedo dejar el caso a medias. No te estoy pidiendo eso, sólo que hagas algo, lo que sea. Comenzó a temblarle el labio. Vamos a hacer algunas llamadas añadió Rhyme, averiguaremos lo que podamos. No puedo darte información que supuestamente no puedas conseguir a través de tu abogado, pero te diré con franqueza lo que opino sobre las posibilidades de éxito de la acusación.

Quién es su abogado? Sachs preguntó por el fiscal. No es necesario dijo Sachs, ya lo tengo. He trabajado con él otras veces. Es un hombre razonable.

Sí, y nuestro abogado quería que aceptara, pero Arthur se negó. Pero no siempre es así, verdad? Sí, así es, pensó Rhy me, y dijo: Vamos a hacer esas llamadas. Para sorpresa de Rhyme, se acercó a la silla de ruedas sin vacilar y se inclinó para rozarle la mejilla con la suya.

El criminalista olió a sudor nervioso y a dos fragancias distintas, desodorante. No parecía de las que usaban perfume. Se acercó a la puerta y se detuvo. Dijo dirigiéndose a los dos: Si descubres algo sobre Arthur y esa mujer, lo que sea, no pasa nada. Haré lo que pueda. Te llamaremos si averiguamos algo concreto. Sachs la acompañó a la puerta. Cuando regresó, él dijo: Vamos a hablar primero con el abogado.

Al ver que él arrugaba el ceño, añadió: Quiero decir que tiene que ser duro para ti. Pensar que han acusado de asesinato a un familiar cercano. Ted Bundy también era hijo de alguien. Y puede que también primo. Sachs levantó el teléfono. Al cabo de un rato consiguió dar con el abogado. Saltó el contestador y le dejó un mensaje. Rhy me se preguntó en qué hoyo de qué campo de golf estaría en ese momento. Sachs llamó a continuación a Grossman, el ayudante del fiscal del distrito, que no estaba disfrutando del descanso dominical, sino en su despacho del centro de la ciudad.

No se le había ocurrido relacionar el apellido del detenido con el del criminalista. Vay a, lo siento, Lincoln dijo sinceramente, pero la verdad es que es un buen caso, y no hablo por hablar. Si hubiera lagunas, te lo diría. Pero no las hay. Le harías un gran favor si lo convences de que se declare culpable. Podría conseguir que le bajaran la pena a doce años. Doce años, sin condicional. Arthur se moriría, pensó Rhy me.

Te lo agradecemos dijo Sachs. El fiscal añadió que tenía un juicio complicado que empezaba al día siguiente y que no podía seguir hablando con ellos en ese momento. Les llamaría unos días después, si querían. Les dio, sin embargo, el nombre del detective de la policía que había llevado el caso, Bobby Lagrange.

Lo conozco dijo Sachs, y lo llamó a casa. Respondió su buzón de voz, pero cuando probó a llamar a su móvil el detective respondió al instante. Cómo te va, Amelia? Estoy esperando la llamada de un soplón. Estamos pendientes de un asunto en Red Hook y puede haber noticias en. Así que no estaba en su barca de pesca. Puede que tenga que colgar a toda prisa. Te estoy llamando por el manos libres. Detective, soy Lincoln Rhyme. Rhyme le explicó lo de su primo. Me chocó el nombre, sabe?

Por lo raro, quiero decir. Pero no lo relacioné. Y él no me dijo nada de usted. Ninguna de las veces que he hablado con él. Detective, no quiero interferir en el caso, pero me he comprometido a hacer algunas llamadas para averiguar qué ha pasado. Acabo de hablar con él. Quiero que sepa que la detención estaba absolutamente justificada.

Con la voz crispada que adoptaban los policías al desgranar los detalles de un delito, desprovista por completo de emoción, Lagrange respondió: Su primo salió del trabajo temprano. Fue al apartamento de una mujer llamada Alice Sanderson, en el Village. Ella también había salido temprano ese día. Un cuadro valioso, tengo entendido. Aunque no era un Van Gogh. Quién era el pintor? Ah, y encontramos algunas cartas, folletos sobre Prescott que un par de galerías le habían mandado directamente a su primo, sabe?

No tenía buena pinta. A eso de las seis, un testigo oy ó gritos y unos minutos después vio a un hombre llevar un cuadro a un Mercedes azul claro aparcado en la calle. Se marchó a toda prisa. El testigo sólo vio las tres primeras letras de la matrícula, no le dio tiempo a ver el estado, pero buscamos en toda la zona metropolitana, redujimos bastante la lista e interrogamos a los propietarios.

Uno de ellos era su primo. Fuimos mi compañero y y o a Jersey a hablar con él, le pedimos a un agente de allí que nos acompañara, por cuestión de protocolo, ya sabe. Coincidía con un juego que había en el apartamento de la víctima. Era sangre de la víctima, sí. El testigo reconoció a Arthur en una ronda de identificación? No, fue un testigo anónimo.

Llamó desde una cabina y no quiso dar su nombre. No quería meterse en líos. Pero no hacían falta testigos. Para los del laboratorio fue pan comido. Levantaron una huella de calzado en la entrada de la casa de la víctima, el mismo tipo de zapatos que llevaba su primo, y consiguieron algunas pruebas bastante sólidas.

Restos de espuma de afeitar, migas de aperitivos, restos del fertilizante para el césped que había en su garaje. Coincidían a la perfección con las que había en casa de la víctima. No, no coincidían a la perfección, se dijo Rhyme.

Las pruebas materiales se clasifican en varias categorías. Las fibras de moqueta, por ejemplo. La sangre obtenida en la escena de un crimen y analizada genéticamente puede coincidir a la perfección con la sangre de un sospechoso. Pero una fibra de moqueta recogida en la escena de un crimen sólo puede asociarse con fibras encontradas en casa del sospechoso, lo que permite al jurado inferir que estuvo en el lugar de los hechos.

La conocía Arthur o no? Afirma que no, pero hemos encontrado dos notas escritas por ella. Una en su despacho y otra en casa. Ah, y encontramos su nombre en la agenda de la chica.

Rhyme había fruncido el ceño. No tenemos los registros. Se nos ha pasado por la cabeza. Por lo visto a ella no le importó. Le sorprendería lo que es capaz de aceptar la gente sin hacer preguntas.

No, no me sorprendería tanto, pensó Rhy me. No lo hemos encontrado. Y creen ustedes que la mató porque le estaba presionando para que dejara a su mujer? No podía ni confirmar ni negar la acusación.

Su familia y sus amigos dicen que salía con hombres de vez en cuando, pero nada serio. Llegué incluso a dudar si habría sido la esposa, Judy.

Pero tenía coartada para esa hora. Asegura que fue a correr, pero no hay nadie que pueda confirmarlo. En el parque estatal de Clinton, un sitio enorme. Por curiosidad dijo Sachs, cómo se comportó durante el interrogatorio? Tiene gracia que lo preguntes: Como atontado de vernos allí. He detenido a un montón de gente a lo largo de mi carrera, algunos de ellos profesionales.

Tipos con contactos, quiero decir. Y seguramente es el que mejor se ha hecho el inocente. Es un actor magnífico. Recuerda eso de él, detective Rhyme?

El criminalista no contestó. Qué ha sido del cuadro? No lo hemos recuperado. No estaba en casa del detenido, ni en el garaje, pero la gente de criminalística encontró tierra en el asiento trasero del coche y en su garaje.

Coincidía con la tierra del parque al que iba a correr el detenido todas las noches, cerca de su casa. Suponemos que lo enterró en alguna parte. Una pregunta, detective añadió Rhy me. Un silencio al otro lado de la línea, durante el cual una voz dijo algo indescifrable y se oyó de nuevo el aullido del viento. Puedo ver el expediente del caso?

No era una pregunta, en realidad. Es un caso muy sólido. Y hemos seguido el procedimiento al pie de la letra. No nos cabe ninguna duda dijo Sachs. Pero el caso es que tenemos entendido que ha rechazado la reducción de condena. Ah, y quieren convencerlo para que la acepte? Es lo mejor para él. Dentro de un día o dos les parece bien?

Si pudieras hablar con Archivos y decirles que voy a ir a recoger el archivo en persona Volvió a oírse el viento a través del teléfono. Luego el sonido cesó bruscamente. Lagrange debía de haberse puesto a refugio. Sí, de acuerdo, voy a llamarles ahora mismo. No hay de qué. Después de que colgaran, Rhyme esbozó una breve sonrisa. Ha sido un buen toque, eso de la reducción de condena.

Rhyme comprendió que había puesto la sirena en el capó de su coche, un Camaro SS de que había pintado de rojo vivo hacía un par de años, a juego con el color que él prefería para sus sillas de ruedas.

He hecho copias de todo dijo al entrar en la habitación llevando una gruesa carpeta. Hizo una mueca de dolor al ponerla sobre la mesa de examen. Incluso cuando estaba a solas con Rhyme, quitaba importancia a los dolores que sufría. Ese día, sin embargo, reconoció: Algunos pinchazos son peores que otros. Negó con la cabeza. Bueno, entonces, qué tenemos? El informe, el inventario de pruebas materiales y copias de las fotografías.

Los tiene el fiscal. Vamos a ponerlo todo en la pizarra. Quiero ver la escena principal del crimen y la casa de Arthur. Sachs se acercó a una pizarra blanca, una de las muchas que había en el laboratorio, y fue transcribiendo los datos mientras Rhyme la observaba. Rastros de espuma de afeitar Edge Advanced con aloe.

Migas presuntamente de Pringles light, sabor barbacoa. Un testigo vio un Mercedes azul claro. Toalla manchada de sangre.

Coincide con un juego hallado en el apartamento de la víctima el ADN coincide con el de la víctima. Tierra de composición similar a la del parque estatal Clinton. Espuma de afeitar Edge Advanced con aloe, compatible con la hallada en la escena del crimen.

Patatas Pringles light, sabor barbacoa Fertilizante Tru Gro garaje. Pala con tierra similar a la del parque estatal Clinton garaje. Cuchillos Chicago Cutlery, del mismo tipo que el arma del crimen. Folletos enviados por correo postal procedentes de las galerías de arte Wilcox Boston y Anderson-Billings Carmel , acerca de exposiciones de Harvey Prescott. Madre mía, las pruebas son fulminantes, Rhyme dijo Sachs al apartarse y poner los brazos en jarras.

Y usar un teléfono de prepago? Y en cambio no aparece su dirección de casa, ni del trabajo, lo cual sugiere una aventura. No, aparte de las fotografías. Pégalas en la pizarra ordenó Rhyme mientras seguía observando el esquema. Los encargados de hacer la inspección de la escena del crimen parecían haber hecho un buen trabajo, aunque no magnífico. No había fotografías de las otras habitaciones del apartamento y el cuchillo Miró la fotografía del arma ensangrentada, bajo la cama.

Un agente de policía levantaba el faldón del colchón para que el fotógrafo tomara la fotografía. No se veía el cuchillo con el faldón bajado lo que supondría que el homicida podía, lógicamente, haberlo olvidado en el frenesí del momento o sí se veía? Si era así, podría deducirse que el autor de los hechos lo había dejado allí intencionadamente, a fin de que la policía encontrara la prueba. Observó la fotografía del material de embalaje hallado en el suelo, en el que supuestamente había llegado envuelto el lienzo de Prescott.

Algo no encaja murmuró Rhy me. Sachs, que seguía de pie junto a la pizarra, lo miró. El cuadro continuó el criminalista. Qué pasa con él? Lagrange sugirió dos posibles móviles. Uno, que Arthur robara el Prescott como tapadera porque quería matar a Alice para que lo dejara en paz.

Recuerda que Art había tenido un Prescott. Y tenía en casa folletos de sus exposiciones. Claro, Rhy me, eso no tiene sentido.

Y pongamos que Arthur quería de verdad el cuadro y no podía permitirse comprarlo. La actitud de su primo también le parecía chocante, aunque no atribuyera gran importancia a esas cosas al valorar la posible inocencia o culpabilidad de un sospechoso. Tal vez no estuviera haciéndose el inocente. Tal vez sea inocente. Pensó para sus adentros: Supongamos que no fue él. Si era así, las consecuencias eran significativas.

Porque aquel no era un simple caso de. No, si su primo era inocente, cabía deducir que alguien se había tomado muchas molestias para tenderle una trampa.

Creo que han intentado cargarle el muerto. Eso no nos importa ahora mismo. La pregunta relevante es cómo. Tal vez averigüemos el porqué de paso, pero esa no es nuestra prioridad. Así que vamos a tomar como premisa de partida que otra persona, un Señor X, asesinó a Alice Sanderson y robó el cuadro y luego intentó inculpar a Arthur. Bien, Sachs, cómo pudo hacerlo? Un mueca de dolor otra vez la artritis y se sentó. Estuvo pensando un rato. El Señor X estuvo siguiendo a Arthur y a Alice.

Comprobó que a los dos les interesaba el arte, los vio coincidir en la galería y averiguó quiénes eran. El Señor X sabe que Alice tiene un Prescott. Quiere uno, pero no puede permitírselo.

Sachs señaló la pizarra con la cabeza. Roba algunas cosas para dejarlas en la escena del crimen. Sabe qué zapatos calza Arthur, así que puede dejar la pisada, y recoge un poco de tierra del parque con la pala de tu primo Ahora pensemos en el doce de mayo. Luego se va a casa de Arthur en Nueva Jersey y deja los rastros de sangre, la tierra, la toalla y la pala.

Era el abogado defensor de Arthur. Parecía tener prisa al reiterarles todo cuanto le había explicado el ayudante del fiscal del distrito. No dijo nada que pudiera ayudarles y, de hecho, varias veces intentó convencerlos de que presionaran a Arthur para que se declarara culpable y aceptara la reducción de condena.

Le conseguiré quince años. No se trata de una cadena perpetua. El criminalista se despidió de él gélidamente y colgó. Fijó de nuevo la mirada. Entonces se le ocurrió otra cosa. La detective había notado que estaba mirando el techo. A qué te refieres? Suponiendo que el objetivo, el móvil, fuera robar el cuadro, en fin, no es precisamente un golpe millonario.

No es un Renoir que puedas vender por diez millones y luego desaparecer para siempre. Todo este asunto huele a negocio. Es posible que el homicida haya dado con un modo ingenioso de cometer crímenes y salir indemne. Entonces deberíamos buscar otros robos de cuadros. Por qué iba a limitarse a robar cuadros? Podría ser cualquier cosa. Sachs arrugó el ceño. Dado que el responsable inculpa a otra persona, tiene que matar a las víctimas porque podrían identificarlo. Llama a alguien de Homicidios.

A casa, si es necesario. Estamos buscando circunstancias semejantes: Y tal vez una identificación de ADN que podría haber sido manipulada. Bien dijo Rhyme, excitado ante la idea de que tal vez hubieran dado con algo. Sachs se acercó al escritorio que había en un rincón del laboratorio y se sentó para hacer la llamada. Rhyme apoyó la cabeza en la silla de ruedas y observó a su compañera mientras hablaba por teléfono.

Vio que tenía sangre seca en la uña del pulgar y una marca apenas visible encima de la oreja, medio escondida por el pelo liso y rojizo. Sachs hacía aquello con frecuencia: Era al mismo tiempo una costumbre y un síntoma del estrés que la impulsaba a actuar.

Asintió con la cabeza mientras escribía y sus ojos adquirieron una expresión reconcentrada. También a Rhy me, aunque no pudiera sentirlo de manera directa, se le había acelerado el corazón. Amelia había descubierto algo importante. Su bolígrafo se había secado. Pasados diez minutos colgó. Se sentó a su lado en un sillón de mimbre. El detective Joseph Flintick, cuyo apodo hacía referencia, intencionadamente o no, al pistolero de antaño, trabajaba ya en homicidios cuando Rhyme era todavía un novato.

Aquel viejo gruñón estaba al tanto de casi todos los asesinatos que se habían cometido en la ciudad de Nueva York y en muchas de los alrededores en el curso de su larga carrera policial. A pesar de que a su edad debía estar visitando a sus nietos, Flintlock [2] seguía trabajando los domingos. Pero a Rhyme no le sorprendió.

Se lo he contado todo y enseguida se le han ocurrido dos casos que pueden encajar con nuestro perfil. Uno fue un robo de monedas antiguas por valor de unos cincuenta mil dólares. El otro una violación. En ambos casos hubo testigos anónimos que llamaron para denunciar el delito y aportaron información fundamental para la identificación de los responsables, como el testigo que llamó para contar lo del coche de tu primo.

Ambos testigos eran hombres, claro. Y el municipio ofreció una recompensa, pero ninguno de los dos se presentó. Qué hay de las pruebas? Flintlock no las recuerda con precisión, pero me ha dicho que había pruebas circunstanciales y rastros materiales clarísimos. Lo mismo que en el caso de tu primo: Y en ambos casos se encontró sangre de la víctima en un trapo o una prenda de ropa en la vivienda de los sospechosos.

Y apuesto a que en el caso de violación no se encontraron fluidos que pudieran cotejarse. En la mayoría de los casos, los violadores son condenados porque dejan rastros de las Tres Eses: Sachs consultó sus notas.

Sí, cómo lo sabes? Porque nuestro sujeto necesita ganar tiempo. El asesino había pensado en todo. Y los sospechosos lo negaron todo? Se la jugaron con el jurado y perdieron. Quiero ver Ya he pedido que saquen los expedientes del archivo de los casos resueltos. Amelia iba un paso por delante de él, como siempre. El aire se había vuelto frío y ella cogió una sudadera de la bolsa mientras Dean se encargaba de sacar la comida. Blue no había comido desde la noche anterior y el olor de las patatas fritas le hizo la boca agua.

Él observó con manifiesta aversión el montón de monedas. Sin embargo, puedes hacerme un retrato. Mientras los coches volaban por la carretera, ella saboreó otro mordisco del grasiento perrito.

Él dejó a un lado su hamburguesa y sacó una BlackBerry. Miró frunciendo el ceño a la pequeña pantalla mientras comprobaba su correo electrónico. Por un momento se la quedó mirando con una expresión vaga, luego negó con la cabeza. Me tiene al corriente de todo a través de correos electrónicos, no importa las veces que la llame, sólo consigo comunicarme con ella por e-mails.

Blue no podía ni imaginarse lo que sería ser dueña de una casa, y mucho menos tener contratada a un ama de llaves. Me gustaría que, aunque sólo fuera por una vez, esa mujer cogiera el maldito teléfono. Había estado buscando algo en la costa oeste, pero vi la granja y la compré. Es un lugar muy privado. Tiene un estanque y un granero con establos, lo que me viene muy bien pues siempre he querido tener caballos.

La casa necesita algunas reformas, así que la administradora buscó a un contratista y contrató a la señora O'Hara para supervisarlo todo. Le envío fotos por correo con muestras de pintura.

Tiene un gran gusto y me guío mucho por sus ideas. Unos momentos después, tenía a su presa al teléfono—. Heathcliff, he recibido tu e-mail, y no quiero hacer ese anuncio de colonia. Después del asunto de Zona de Anotación, esperaba mantenerme alejado de toda esa mierda. Puede que alguna bebida deportiva o Segundos después, su boca se curvaba en una lenta sonrisa—. Tener esta cara bonita es como abrir una caja registradora. Fuera lo que fuese lo que le contestó la otra persona hizo reír a Dean; un sonido ronco y muy masculino.

Él apoyó una de las botas en un tocón. Mi peluquero odia que me retrase, y tengo que ponerme reflejos. Dales besos a tus pequeños diablillos. Y dile a tu esposa que la invito a lo que sea cuando regrese. Sólo Annabelle y yo. Así podría hablar de mí por ahí. Pero supongo que no soy el tipo de persona que interesaría a un agente.

Dean tomó la interestatal tan pronto como se incorporaron a la carretera. Blue se percató de que se estaba mordiendo la uña del pulgar y con rapidez dejó las manos en el regazo. Ahí estaba la pregunta que había estado temiendo todo el rato. Fingió considerar la idea. Los ojos de Dean bajaron a sus pechos. Conozco un montón, —Él bufó, y ella siguió hablando muy deprisa—.

Sus ojos grises azulados destellaron, pero ella no supo si fue por irritación o por diversión. Ella se incorporó cuando él entraba en el aparcamiento. Mientras había estado dormida, Dean había tenido tiempo de sobra para observar el tamaño y movimiento de los pechos ocultos por la camiseta.

La mayoría de la mujeres con las que pasaba el tiempo se los habían aumentado hasta cuatro veces el tamaño original, pero Castora no era una de ellas. Conocía a tíos que les gustaban así — caramba, él había sido uno de ellos—, pero hacía mucho tiempo que Annabelle Granger Champion le había aguado la diversión. Las mujeres deberían concentrarse en expandir sus horizontes, no sus senos. Tenía opiniones muy definidas, y no se andaba con chiquitas. Ese mismo día había pensado un montón en Annabelle, puede que porque Castora también tenía fuertes convicciones y tampoco parecía interesada en impresionarle.

Era extraño estar con una mujer que no le hacía insinuaciones. Por supuesto, él le había dicho que era gay, pero ella había averiguado que era una farsa hacía por lo menos doscientos kilómetros.

Bueno, a pesar de todo, ella había intentado seguir con el jueguecito. Pero la pequeña Bo Beep no podía jugar a su mismo nivel. Blue se quedó boquiabierta cuando vio el hostal de tres pisos perfectamente iluminado. En primer lugar, quería que le pidiera dinero. En segundo lugar, había sido una buena compañía. Él entró en el aparcamiento. Ella apretó los labios. Lo que no era sorprendente. Me interesa el comportamiento humano. Aparcó el coche en una de las plazas.

Tengo el sueño ligero. Me despertaré al instante si se acerca alguien. Ella le dirigió una mirada airada mientras alzaba la nariz y luego salió del vehículo. Él se dio cuenta de que ella estaba buscando la manera de aceptar su dinero sin quedar mal ante sí misma, y no se sintió sorprendido cuando comenzó a largarle lo que cobraba por los retratos. Comenzaré tu retrato mañana en el desayuno. Lo que en realidad necesitaba era Ya es muy tarde.

Este equipo sólo podía tener un quarterback y ése era él. Ella masculló por lo bajo y se puso a revolver en el maletero del coche. Dean sacó su maleta y la bolsa azul marino de Blue. Ella cogió una de las cajas que contenía su material de trabajo y, sin dejar de mascullar, lo siguió a la entrada.

Él hizo los arreglos pertinentes con el vigilante de seguridad del hostal para que le echara un vistazo a su coche y se dirigió a recepción. Castora caminó a su lado. Dean observó las cabezas que se giraban a su paso.

Algunas veces pasaba un par de días sin que nadie lo reconociera, pero esa noche no ocurriría eso. Algunos se le quedaron mirando sin disimulo. Malditos anuncios de Zona de Anotación. Dejó las maletas al lado de recepción. El recepcionista, un veinteañero oriental con pinta de estudioso, lo saludó atentamente sin reconocerlo. Castora le dio un codazo en las costillas y señaló el bar con la cabeza.

Ambos eran de mediana edad y tenían sobrepeso. Uno vestía una camisa hawaiana tensa sobre la prominente barriga. El otro lucía un gran bigote y llevaba botas vaqueras. Yo me encargaré de ellos. Espero no molestar, pero mi amigo y yo nos hemos apostado a que eres Dean Robillard. Antes de que Dean pudiera responder, Castora bloqueó el brazo del hombre con su menudo cuerpo, y lo siguiente que supo fue que ella respondía con un acento extranjero que sonaba a una mezcla entre serbocroata e israelí.

Y todas las partes que vamos, muchos hombre como vosotros Pero no, digo, mi marido no es famoso en América, sí es mucho, mucho famoso en nuestro país.

Dean simplemente sintió que se atragantaba. Ella frunció el ceño. Dean había cambiado tantas veces de identidad que empezaba a perder la cuenta. Bueno, Castora merecía su apoyo por todo ese trabajo arduo —tan mal enfocado—, así que borró la sonrisa de la cara e intentó simular que no sabía inglés.

Había dejado tan flipados a los hinchas que los pobres no sabían como salir del atolladero. Ocurre todo el tiempo. Castora lo miró con aire satisfecho. No cabía duda de que era muy creativa, pero dado que tenía que entregarle la VISA al recepcionista todos esos esfuerzos de mantener en secreto su identidad no servían para nada. Y una habitación pequeña junto a los ascensores para mi chiflada acompañante.

El hostal Los Buenos Tiempos había hecho un gran trabajo instruyendo a su personal, y el joven recepcionista apenas parpadeó. El recepcionista estudió la pantalla del ordenador intentando encontrar una solución.

Las estrellas del porno pueden dormir casi en cualquier sitio. Y quiero decir en cualquiera. Aunque parecía estar divirtiéndose, el recepcionista estaba demasiado bien entrenado para sonreír.

Después de que él aclarara aquel malentendido, se dirigieron hacia el ascensor. Cuando se cerraron las puertas, Castora levantó la vista hacia él rezumando inocencia en esos ojos violeta.

Él le dio al botón. Pero sólo juego a tiempo parcial, hasta que despegue mi carrera en el cine. Castora lo miró simulando estar impresionada. Casi un tercio de los jugadores de la NFL. Castora caminaba con largas zancadas para ser tan pequeña. No estaba acostumbrado a las mujeres tan agresivas, claro que ella no era demasiado femenina a pesar de esos pequeños pechos redondos que tan duro lo ponían.

Las habitaciones estaban una junto a la otra. Él abrió la primera puerta y, aunque limpia, definitivamente olía a tabaco. Ella pasó junto a él. Ella cogió su bolsa y de nuevo intentó deshacerse de él. Cuando él llegó a su habitación, encendió la televisión para ver el partido de los Bulls, se quitó las botas y desempacó sus cosas.

Tenía tantos dibujos, retratos y fotos de sí mismo que no sabía ya qué hacer con ellos, pero ésa no era la cuestión. Cogió del minibar una cerveza y una bolsita de cacahuetes. Annabelle le había sugerido en una ocasión que mostrara a la gente algo del glamour que se suponía había heredado de su madre, y él le había dicho que no metiera las narices en sus asuntos.

No dejaba que nadie se entrometiera en esa complicada relación. Se tumbó en la cama en vaqueros y camisa blanca, una auténtica camisa blanca de Marc Jacobs diseñada por PR que le habían enviado un par de semanas antes.

Los Bulls pidieron tiempo muerto. Otra noche, otro hotel. La granja de Tennessee tenía su propia historia y raíces profundas, justo lo que a él le faltaba. Bueno, normalmente no era tan impulsivo y había tenido sus dudas sobre comprar un lugar tan alejado del océano. Tenía que pensar en ella como en una casa de vacaciones. Y si no le gustaba, siempre podía venderla. Oyó el agua de la ducha de la habitación de al lado. En la tele salió un anuncio de un telefilm sobre la muerte de la cantante de country Marli Moffatt.

Le dio al botón de silencio del mando. Estaba deseando tener a Castora desnuda esa noche. Se metió un puñado de cacahuetes en la boca y se recordó a sí mismo que hacía años que había dejado los rollos de una sola noche.

Pero en ese momento estaba a punto de violar la norma principal de toda una década de relaciones informales y no sentía remordimientos. Castora no era precisamente una groupie. Tenía que dejar bien claro quién llevaba la voz cantante. Hace años que no pinto a un adulto desnudo. Sonrió y soltó el mando. Imagina que soy tu médico. Puedes taparte tus partes si te sientes incómodo. Tomó un trago de cerveza. Me pondré algo encima. Vestía una camiseta marrón de hombre y unos pantalones descoloridos de color negro que se plegaban alrededor de sus es trechos tobillos.

No había nada remotamente sexy en esa ropa, salvo el misterio que ocultaban debajo. Él se apartó un poco para dejarla entrar. Olía a jabón simple en vez de a perfume. Dean se dirigió al minibar. Ella soltó un grito. No sabía de qué hablaba, pero por si acaso se miró la entrepierna. Ella, sin embargo, dirigió la mirada al minibar.

Dos dólares y medio por un ridículo botellín de agua. Tres dólares por una Snicker. Pagas por comértela justo cuando quieres.

Pero ella ya había visto la bolsita de cacahuetes encima de la cama y no se pudo contener. Y, salvo que hubiera un colapso total de la economía americana, siempre lo sería.

De niño, el dinero había provenido de sustanciosas pagas. De adulto, procedía de algo mucho mejor. De su propio trabajo. Siete dólares por una bolsita de cacahuetes es demasiado. O elegiré yo por ti. De una manera u otra, voy a abrir una botella. Ella todavía tenía la nariz enterrada en la lista de precios. La cogió por los hombros y la apartó a un lado para poder acercarse al minibar. A regañadientes ella aceptó la cerveza. Por suerte para Dean, en la habitación sólo había una silla, lo que le daba la excusa perfecta para tumbarse en la cama.

Esperaba que ella sugiriese que se desnudara otra vez, pero no lo hizo. A pesar de lo agresivo de su postura, parecía nerviosa. Por ahora, las cosas iban bien. Dean se apoyó en un codo y terminó de desabotonarse la camisa. Había posado para bastantes fotos de ese estilo en la campaña de Zona de Anotación y sabía lo que le gustaba a las señoras; lo que seguía sin comprender era cómo podían preferir una foto de él en cueros a una donde lanzaba el balón con una espiral perfecta.

Debía de ser una de esas cosas incomprensibles de mujeres. Un mechón de pelo negro se soltó de la coleta siempre despeinada de Castora y le cayó sobre la mejilla mientras miraba fijamente su bloc. Aunque, para ser justos, no llego nunca a perder la dignidad. No podría, por ejemplo, disfrazarme de animal. El amor verdadero es muy poderoso. Ella todavía quería jugar.

Nací sin el cromosoma del amor. Pero sí una amistad verdadera. Phil, estoy tratando de concentrarme. Yo me he enamorado media docena de veces.

Todas antes de cumplir los dieciséis, pero bueno Era algo que volvía loca a Annabelle. Decía que incluso su marido, Heath, un tío duro donde los haya, se había enamorado una vez antes de conocerla.

Castora extendió la mano. No esperó respuesta, pasó las piernas por encima del borde de la cama. Se tomó su tiempo para ponerse de pie, luego se estiró un poco, contrayendo el abdomen, lo que hizo caer los vaqueros lo suficiente para revelar la parte superior de sus boxers grises de Zona de Anotación.

Castora se obligó a mantener la vista en el bloc. Colocó las manos en las caderas, apartando a propósito la camisa para poder exhibir sus pectorales. Comenzaba a sentirse como un stripper, pero al final ella levantó la vista.

Ella se agachó para recogerlo y se golpeó la barbilla ruidosamente con el brazo de la silla. Para quitarme el polvo del camino. Blue depositó el bloc en el regazo con una mano y se abanicó con la otra. La puerta del baño se cerró.

Blue gimió y bajó el pie a la alfombra. Debería haber fingido que tenía migraña. Oyó correr el agua de la ducha. Se la imaginó resbalando sobre ese cuerpo de anuncio. Él estaba acostumbrado a utilizarlo como un arma, y, como no había nadie cerca, era ella quien estaba en su punto de mira.

Pero con hombres tan lujuriosos como él había que mantener la distancia. Tomó un largo trago de cerveza. Se recordó que Blue Bailey no huía. Así era como había sobrevivido a una infancia itinerante. Blue era menuda para ser una niña de ocho años, pero no lo suficiente como para sentarse en el regazo de Olivia, así que se había acomodado a su lado. Tom estaba sentado enfrente y acarició la rodilla de Blue.

Blue había vivido con Olivia y Tom desde los siete años, e iba a vivir siempre con ellos. Se lo habían prometido. Olivia llevaba su pelo castaño claro recogido en una trenza que le caía sobre la espalda. Olía a curry en polvo y a pachuli, y siempre le daba arcilla para que jugara a las cocinitas.

Tom era un afroamericano grandote que escribía artículos para periódicos subversivos. Llevaba a Blue al parque del Golden Gate y la montaba a caballito sobre sus hombros cuando salían a la calle. Se lo habían mostrado en unas fotografías de un libro.

Eso quiere decir que las cosas van a ser diferentes. Blue no quería que fueran diferentes. Quería que se quedaran exactamente igual. Tom y Olivia intercambiaron una mirada antes de que Olivia respondiera: Nos visitó el mes pasado, es la señora que fundó Artistas para la Paz.

Blue asintió ignorando su destino. Tu madre, Tom y yo lo hemos arreglado todo para que vayas a vivir con Norris. Blue no lo entendió. Observó sus grandes sonrisas falsas. Tom se frotó el pecho por encima de la camisa de franela y pestañeó como si estuviese a punto de llorar. Eso no era lo que ella quería. No quiero un patio.

Olivia la llevó a toda prisa al cuarto de baño y le sujetó la cabeza mientras vomitaba. Tom se dejó caer en el borde de la vieja bañera. No dejéis que me vaya. Seré tan buena que no os molestaré nunca. Todos habían acabado llorando, pero al final, Olivia y Tom la habían llevado a Alburquerque en su vieja furgoneta oxidada de color azul y se habían marchado sin despedirse. Norris era gorda y le enseñó cómo tejer.

Kyle de nueve años le enseñó a jugar a las cartas y a la Guerra de las Galaxias y así un mes siguió a otro. Kyle era su hermano secreto y Norris su madre secreta, e iba a quedarse con ellos para siempre. Entonces, Virginia Bailey, su madre de verdad, regresó de América Central y se la llevó. Fueron a Texas, donde vivieron con un grupo de monjas activistas y pasaban juntas todo el día.

Su madre y ella leían libros, hacían proyectos artísticos, practicaban español, y mantenían largas conversaciones sobre cualquier cosa. Pasaba días enteros sin pensar en Norris y Kyle. Blue comenzó a adorar a su madre y se mostró inconsolable cuando Virginia se fue. Norris se había casado otra vez y Blue no podía regresar a Alburquerque. Las monjas se quedaron con ella hasta que terminó el año escolar, y Blue transfirió su amor a la hermana Carolyn.

Blue se había aferrado tan desesperadamente a la hermana Carolyn que Blossom tuvo que separarla a la fuerza. En cada cambio que siguió, mantuvo la distancia emocional, hasta que, al final, apenas le dolía partir. Blue miró la cama del hotel. En la universidad había observado a sus amigas, que al igual que en Sexo en Nueva York, se acostaban con todo aquel que pillaran. Pero en lugar de sentirse bien, habían acabado deprimidas. Si no contaba a Monty —algo que no hacía—, sólo había tenido dos amantes, los dos artistas, dos hombres que habían dejado que fuera ella la que llevara la voz cantante.

Era mejor de esa manera. El pomo de la puerta del cuarto de baño se movió. Tenía que actuar con cautela a la hora de tratar a Dean, si no quería que la dejara tirada por la mañana. Por desgracia, el tacto no era lo suyo. El salió del cuarto de baño con la toalla enrollada alrededor de las caderas.

Parecía un dios romano que se hubiera tomado un respiro en mitad de una orgía mientras esperaba que le enviaran a la siguiente virgen. Pero cuando la luz le dio de lleno, ella cerró los dedos sobre el bloc. Tenía el cuerpo de un guerrero Dean se dio cuenta de que ella miraba las tres delgadas cicatrices de su hombro.

Ella no lo creyó ni por un segundo. Había dejado de lado la sutileza para lanzarse directo a la línea de meta. Su hermosa cara y su estatus de deportista le daban mucha seguridad con las mujeres. Pero ella no era como las otras mujeres. Olía a jabón y a sexo. Podía pretextar dolor de cabeza y huir de la habitación, o podía hacer lo que siempre hacía: Se levantó de la silla. No creas que no me he fijado.

Pero lo cierto es que no me pones. Dean frunció el ceño. Ella intentó parecer abochornada. Él parpadeó, bastante asombrado. No lo podía culpar.

Si me acostase contigo No quiero tener que volver a pasar por otra depresión, y, francamente, estoy harta de perder el tiempo en instituciones mentales. La sonrisa de Dean fue calculadora. Ella cogió su bloc junto con la cerveza. Sinceramente, hasta esta noche, no había pensado en ello. Bueno, salvo por Jason Stanhope, pero eso fue en séptimo. Con aire despreocupado, Blue se dirigió a la puerta y La abrió.

Castora debió de trasnochar porque tenía el dibujo listo a la mañana siguiente. No era de extrañar que estuviera en la ruina.

Castora contuvo un bostezo. Había dibujado su cara, pero sus rasgos estaban distorsionados: Rara vez se quedaba sin palabras, pero el dibujo lo había dejado sin habla. Ella le dio un mordisco a un donut de chocolate. Cómo habría cambiado tu vida si ésa fuera tu cara de verdad. Has sido el modelo perfecto. Por supuesto, hice otro. En ese boceto aparecía en la cama, con una rodilla doblada, la camisa abierta y el pecho descubierto, exactamente como había posado para ella.

Parecía como si hubiera visto a través de él y a Dean no le gustó. Todavía le costaba creer que ella le hubiera plantado la noche anterior. Como las mujeres se dejaban caer directamente en sus brazos, nunca se había molestado en dar el primer paso. Tendría que ponerle remedio.

Estudió el primer dibujo otra vez, y mientras observaba su cara deformada, comenzó a pensar cómo habría sido su vida si hubiera nacido con la cara que Castora había dibujado. Nada de anuncios de Zona de Anotación, eso seguro. Incluso cuando era niño había conseguido un montón de cosas gracias a su aspecto. Era algo que sabía en teoría, pero ese dibujo era la prueba patente.

Castora hizo una mueca. Debería haber sabido que no lo entenderías, pero pensé Él lo recuperó antes de que ella pudiera destruirlo. No creo que lo cuelgue encima de la chimenea, pero tampoco me parece tan mal. De hecho, me gusta. Ella lo observó, tratando de adivinar si estaba siendo sincero o no. Ella se detuvo a punto de darle un mordisco al donut. No volveremos a vernos nunca.

La vida es dura. Había tenido intención de hacerla sonreír. Pero ella se limitó a mirarlo tan fijamente que se sintió incómodo. Ella se tomó tiempo mientras se comía el donut. Dean sospechaba que estaba decidiendo qué contarle. Es probable que no hayas oído hablar nunca de ella, pero es muy famosa en temas relacionados con la paz. Casi se muere en los años ochenta al declararse en huelga de hambre en protesta por la política estadounidense en Nicaragua.

Cuando los soldados americanos entraron en Bagdad en , ella estaba allí con su grupo internacional de paz. En una mano sostenía un cartel de protesta. Con la otra, distribuía cantimploras para los soldados. Desde que puedo recordar, ha mantenido sus ingresos lo suficientemente bajos para no pagar el impuesto sobre la renta.

Puede que no esté de acuerdo con ella en un montón de cosas, pero creo que el gobierno debería permitir que cada uno eligiera en qué quiere invertir el dinero de sus impuestos.

Dean dejó su café en la mesa. Era demasiado educado para mostrarse de acuerdo. Mi madre es como es, para bien o para mal. Ha sido nominada dos veces al premio Nobel de la Paz. Se le derrumbó un pozo que estaba cavando en El Salvador. Hasta ahora, ella le había contado un montón de cosas, pero no le había revelado nada personal.

Él estiró las piernas. Eran hippies, profesores de universidad, trabajadores sociales. Nadie abusó de mí ni me maltrató.

Cuando tenía trece años, estuve viviendo con una traficante de drogas en Houston, pero en defensa de mi madre debo decir que no tenía ni idea de que Luisa se dedicaba a eso, y salvo por aquel tiroteo en coche, me gustó vivir con ella. Esperaba que Blue estuviera bromeando. Aprendí un montón de cosas que la mayoría de los niños no suelen aprender. Apuesto lo que sea a que no puedes superar eso. Él hablaba condenadamente bien en español y también era un buen manitas, pero no quería echarle a perder la diversión.

A Castora le gustaba burlarse de él, pero lo hacía tan abiertamente que no resultaba maliciosa. Se terminó el café de golpe. Tenía una beca, pero lo dejé al segundo año. Nací para vagar, nene. Castora no era así por naturaleza. De haber sido criada de manera diferente, estaría casada y dando clase en la guardería a sus propios hijos. Dejó un billete de veinte dólares sobre la mesa y cuando no esperó la vuelta, ella reaccionó de manera previsible. Ella cogió el bollo con rapidez. Mientras cruzaban el aparcamiento, él estudió los dibujos que le había hecho y se dio cuenta de que había salido ganando con el trato.

Cuando se detuvo para echar gasolina, ella salió disparada al baño, dejando en el coche el bolso negro de lona. Mientras llenaban el depósito, Dean no se lo pensó dos veces: Ignoró el móvil y un par de blocs, y fue directo a por la cartera. Contenía un carnet de conducir de Arizona —era cierto que tenía treinta años—, carnets de bibliotecas de Seattle y San Francisco, una tarjeta ATM, dieciocho dólares en efectivo y la foto de una mujer de mediana edad con apariencia delicada delante de un edificio en ruinas.

Aunque era rubia, tenía los mismos rasgos delicados y menudos que Castora. Debía de ser Virginia Bailey. Ella regresó al coche. Él metió todo de nuevo en el bolso, lo cerró y se lo entregó. Un dato a tener en cuenta para no perder de vista su propia cartera. No es que estés precisamente en la ruina. Ella se volvió a mirar por la ventanilla.

Su pequeña estatura, los hombros estrechos, los delicados codos que surgían de las mangas de la enorme camiseta negra Por eso estoy ahora en la ruina. Ella se tiró distraídamente de la oreja. Blue no había dicho ni una palabra sobre las cuentas bancarias cuando había atacado a Monty el día anterior.

Pero por la triste expresión de su cara estaba claro que alguien le había robado. Trataba a las mujeres con las que salía como sí fueran reinas y les hacía buenos regalos cuando su relación terminaba. Nunca había sido infiel y era un amante desinteresado. Pero el antagonismo de Blue reprimía su tendencia natural a abrir la cartera. Le dirigió una mirada a su cabello revuelto y a esa pobre excusa de ropa.

Pero la noche anterior, ella había levantado una señal de stop bien grande y el juego había comenzado. La verdad es que no conozco a nadie en Kansas City, pero tengo una compañera de universidad que vive en Nashville. Y ya que vas a pasar por allí Él le dirigió una sonrisa perezosa. No pretendo lastimar tus sentimientos, pero, francamente, te hace parecer bastante desesperada. Era un truco demasiado manido, y ella se negó a morder el anzuelo. Así que se puso unas gafas de sol baratas de aviador que le hacían parecer Bo Peep a punto de pilotar un F Creo que lo haré.

Doscientos dólares hasta llegar a Nashville. Antes de que él pudiera soltarle lo que pensaba de esa idea, SafeNet los interrumpió.

Hola Boo, soy Steph, Blue se inclinó hacia el micrófono. Se hizo un largo silencio. Dean la miró furioso. Estoy oyendo un audiobook, y estaban a punto de matar a alguien a puñaladas. Castora se bajó un poco las gafas mientras él desconectaba la conexión y lo miró burlona por encima de la montura.

Él arqueó una ceja. La tenía a su merced, pero se negaba a ceder. Dean subió el volumen de la radio y tarareó una canción de Gin Blossoms mientras llevaba el ritmo con la mano sobre el volante. Blue, sin embargo, permanecía perdida en su mundo. Estaba tan fuera de su elemento con Dean Robillard que perfectamente podrían estar en universos diferentes.

El truco consistía en que él no se diera cuenta de que ella lo sabía. Se preguntó cómo se habría tomado la mentira sobre Monty y las cuentas bancarias. Él no había demostrado reacción alguna, así que era difícil saberlo, pero ella no podía soportar que supiera que su madre era la responsable.

Sólo una crisis humanitaria de proporciones épicas podría haber hecho que cogiera el dinero de Blue. Virginia le había dejado un mensaje en el buzón de voz. Te cogí el dinero de las cuentas. Te escribiré tan pronto como te lo pueda explicar todo. Un grupo de chicas con las que he estado trabajando fue secuestrada ayer por una de esas bandas armadas. Puedo comprar su libertad con tu dinero. Por favor, perdóname y No se había sentido tan indefensa desde que era niña.

Ni siquiera le llegaba para pagarse unos nuevos folletos publicitarios. Se sentiría mejor si pudiera desahogarse con Virginia y gritarle, pero su madre no tenía teléfono. Si necesitaba uno, sencillamente lo pedía prestado.

Nunca pensaba en lo que su madre había tenido que soportar en una prisión centroamericana. Su dulce y amable madre había sido víctima de lo indecible, pero se había negado a vivir con odio.

Todas las noches rezaba por las almas de los hombres que la habían violado. Blue miró a Dean desde el asiento del pasajero, un hombre para el que ser irresistible era una forma de vida.

Todo lo que tenía que hacer era mantenerlo interesado, y al mismo tiempo no perder la ropa hasta llegar a Nashville. Le había dicho que iba a llamar a su antigua compañera de universidad de Nashville para quedar con ella al día siguiente, pero acababa de patear una parrilla y luego había cerrado de golpe el teléfono antes de meterlo en el bolso.

El juego no había acabado después de todo. Ronde había insistido en que se reunieran esa noche con otros jugadores que vivían en esa zona. Como Ronde le había cubierto las espaldas durante cinco temporadas, no podía negarse a ir, aunque eso echara a perder sus planes con Blue.

Pero parecía que las cosas no se estaban resolviendo de la manera que ella quería. Él se percató de su expresión malhumorada y de cómo volvía con renuencia hacia él. Bueno, puede, pero no tiene importancia. Nada que no pueda resolver. Tiene el teléfono desconectado. Al parecer, se mudó, pero no me lo dijo.

La vida le acababa de brindar una nueva oportunidad. Era asombroso lo que lo satisfacía tener a una mujer como Blue Bailey a su merced. Cuando se incorporó a la interestatal, decidió que era una pena que la señora O'Hara no le respondiera al teléfono o podría haberle dicho que iba de camino a la granja y que llevaba consigo a su primer invitado.

Esto es lo que he pensado Ni siquiera quería pensar en ello. Pasó por encima de los restos del empapelado que los pintores habían quitado de las paredes de la cocina.

Puede que tuviera cincuenta y dos años, pero los chicos no lo sabían y revoloteaban a su alrededor como si ella fuera un potente generador de vibraciones sexuales. Pobres chicos, ella ya no se entregaba con tanta facilidad. Cogió su iPod para ahogar el ruido de las obras con rock, pero antes de poder ponerse los auriculares, Sam, el carpintero, asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

Dime si te parece bien cómo quedan los extractores de aire. Ya había revisado los extractores de aire esa misma mañana con él, pero aun así lo siguió por el vestíbulo, sorteando un compresor y un montón de telas. La casa se había edificado a principios del siglo XIX y la habían rehabilitado en los años setenta, época en la que habían hecho las instalaciones de fontanería, electricidad y aire acondicionado.

Por desgracia esa modernización había incluido también un cuarto de baño con los azulejos en color verde aguacate y la pobre decoración de la cocina: El brillante sol de primera hora de la tarde se filtraba a través de las nuevas vidrieras, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire, pero lo peor de la reforma ya había terminado. Sus sandalias de tacón con pedrería repicaron en el suelo de madera del vestíbulo.

Incluso en medio de toda esa suciedad y desorden, le gustaba vestir con elegancia. A la derecha había un comedor que una vez había sido una sala, y a la izquierda había una sala recientemente añadida. El porche y la casa de piedra estaban construidos en estilo federal, pero los añadidos posteriores en otros estilos habían dado como resultado una mezcolanza. A Dean le gustaba tomar largas duchas calientes.

O por lo menos eso recordaba de su adolescencia, aunque por lo poco que sabía de él, muy bien podría haberse convertido en uno de esos hombres que se daban duchas cortas y se vestían en cinco minutos. Cuando salió por la puerta lateral, aspiró el aroma de esa tarde de finales de mayo. La brisa traía el olor a abono de una granja cercana junto con la fragancia de la madreselva que crecía al borde del camino que conducía a la granja.

Se abrió paso entre las azucenas crecidas, los descuidados arbustos de peonías y los enmarañados rosales que seguramente habían sido plantados por las abnegadas campesinas demasiado ocupadas con el cultivo de las judías y el maíz que mantendrían a su familia hasta el final del invierno, como para encima tener que preocuparse por las plantas decorativas.

Se detuvo un momento para examinar el huerto donde ahora crecían las malas hierbas y que años antes estaba distribuido en cuadrados sin sentido comunes en las casas rurales. En una de las esquinas, había escrito las iniciales A R en letra pequeña, como una prueba fehaciente de que ella había estado allí. Uno de los pintores de la planta superior la miró desde la ventana. La granja, que se conocía con el nombre de granja Callaway, se asentaba en un suave valle rodeado de colinas.

La finca, que contaba con pastos y bosques, también poseía un granero, una casita de invitados y un estanque que se nutría de las lluvias primaverales. Wilma había muerto el año anterior con noventa y un años. Dean le había comprado la granja a un pariente lejano. April conocía detalles de la vida de su hijo a través de una complicada red de contactos.

Así era como se había enterado de que él tenía intención de contratar a alguien para que supervisara la restauración de la casa. Casi al instante había sabido lo que tenía que hacer. Después de tantos años por fin podría crear un hogar para su hijo. Elaboró un currículo con referencias falsas.

Se compró una falda y un suéter en Talbots y se hizo con una diadema para recogerse su largo pelo rubio. Luego inventó una historia que explicara su presencia en el este de Tennessee. La administradora de Dean la contrató a los diez minutos. April mantenía una relación de amor odio con la conservadora mujer que había creado para ocultar su identidad. Susan O'Hara era una viuda que no necesitaba la ayuda de nadie.

Sin embargo, las ropas conservadoras de Susan eran otro tema. El primer día de April en Garrison, había decidido que la viuda sería una mujer nueva y vibrante, y había renovado todo su vestuario. La semana anterior había ido al pueblo con un top de Gaultier y unos chinos de Banana Republic. Ese mismo día, se había puesto una camiseta marrón oscuro de Janis Joplin, unos pantalones agujereados de color jengibre y unas sandalias de tacón con pedrería. Tomó el camino que llevaba al bosque. Comenzaban a florecer las violetas blancas y las alegrías.

Poco después vio el reflejo del sol en la ondulada superficie del estanque a través de las azaleas y los laureles. Llegó a su lugar favorito junto a la orilla y se quitó las sandalias. Al otro lado del estanque, al alcance de la vista, estaba la vieja casita de invitados donde se había instalado. Se sentó en el césped y se rodeó las rodillas con los brazos.

Tarde o temprano, Dean descubriría su engaño y en ese momento acabaría todo. Gritar no era su estilo. Pero su evidente desprecio sería peor que cualquier grito o palabra. Ojala pudiera terminar la casa antes de que él descubriera su charada. Puede que cuando él llegara a su nueva casa notara al menos un poco de lo que ella quería dejar tras de sí Por desgracia, Dean no creía demasiado en la redención. Ella llevaba limpia diez años, pero las cicatrices eran demasiado profundas para que la perdonara.

Cicatrices que ella misma había causado. April Robillard, la reina de las groupies, la chica que sabía cómo divertirse, pero no cómo ser madre. No has sido nunca una groupie, April. Tal vez para algunas había sido cierto. Anita y Marianne habían sido las novias de Keith y Mick: Esas mujeres ofrecían consejo y amistad.

Adulaban sus egos, acariciaban sus frentes, pasaban por alto sus infidelidades, y les ofrecían sexo. Pero había acosado a los que sí deseaba, había estado dispuesta a compartir sus drogas, sus ataques de furia; a compartirlos con otras mujeres. Una musa no desperdiciaba los años de su vida entre alcohol, marihuana, peyote, mescalina y, finalmente, cocaína.

Era demasiado tarde para arreglar lo que le había hecho a Dean, poro por lo menos podía hacer esto. Restaurar su casa y luego desaparecer otra vez de su vida. La granja era parte del valle. Un camino curvo y lleno de baches conducía a la casa. Cuando Blue la tuvo ante sus ojos, todas las preocupaciones desaparecieron de su mente.

La casa grande y deteriorada por el tiempo hablaba de las raíces de América; de sembrar y cosechar, del pavo del Día de Acción de Gracias y de la limonada del Cuatro de Julio, de campesinas desgranando guisantes en cacerolas blancas, y de hombres sacudiéndose las botas llenas de barro en la puerta trasera antes de entrar. Había un añadido posterior de madera a la derecha. El tejado bajo tenía aleros, chimeneas y tejas. No había sido una granja pobre, sino una muy próspera. No podía imaginar a una estrella de la gran ciudad como Dean viviendo allí.

Lo observó dirigirse al granero con largas zancadas, con la gracia de un hombre a gusto con su cuerpo, luego volvió a centrar la atención en la casa. Bueno, sólo necesitaba unos cientos de dólares. No se hacía ilusiones sobre por qué la había llevado a la granja. Suponía que al no lograr quitarle la ropa la primera noche, ella se había convertido en un reto para él Una amazona alta y delgada, con una cara llamativa, cuadrada y alargada, y una larga melena rubia con un corte en capas.

A Blue le recordó las fotos de las grandes modelos del pasado, mujeres que estaban de moda en los años sesenta y setenta como Verushka, Jean Shrimpton o Fleur Savagar. Esta mujer tenía una presencia similar.

Los ojos azules humo llamaban la atención en esa cara con la mandíbula cuadrada, casi masculina. Los ceñidos vaqueros dejaban a la vista los huesos de las caderas, afilados como cuchillas.

Los estratégicos rasgones de los muslos y las rodillas no eran fruto del desgaste, sino del ojo calculador de un diseñador. Unos hilos plateados ribeteaban los tirantes de ante de un suéter de ganchillo en color melón. Las sandalias de cuero tenían adornos de flores. Su apariencia era a la vez descuidada y elegante.

Era probable que fuera una de las novias de Dean. Con esa espectacular belleza, la diferencia de edad era poco significativa. Aunque a Blue no le interesaba la moda, en ese momento fue muy consciente de sus abolsados vaqueros y su enorme camiseta, y de su cabello despeinado que necesitaba con urgencia un buen corte.

La mujer miró al Vanquish y curvó su amplia boca pintada de carmín en una sonrisa. Blue intentó ganar tiempo. La mujer se rió, fue un sonido bajo y ronco. Había algo familiar en ella. No se lo podía creer. Espero que sea algo pasajero.

Blue lo supo en ese mismo momento. La mujer la miró con interés. Blue hizo un gesto ambiguo con la mano. Se oyó los pasos de unas botas en la grava.

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Bueno, estoy fregando los platos. Al lado, una morena de piernas largas apoyaba las caderas contra la puerta del copiloto mientras se fumaba un cigarrillo. Conocía a tíos que les gustaban así — caramba, él había sido uno de ellos—, pero hacía mucho tiempo que Annabelle Granger Champion le había aguado la diversión. Eso es un homicidio. Cómo había sucedido aquello?

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